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Para sentir algo como tuyo no es condición sine qua non haber nacido en el lugar que despertó ese afecto. Les aseguro que, como sevillista de adopción, entiendo perfectamente qué siente Vicente Iborra por el escudo del Sevilla FC. Cuando este sentimiento te abraza, estás perdido. Seas de donde seas. Da igual dónde naciste o dónde te criaste. El sevillismo se mama o se inocula. Indistintamente. Y es en las malas, cuando los tuyos están desorientados, cuando el camino está cargado de nubes, donde sale a relucir ese sentimiento de pertenencia. Me rindo a Vicente Iborra, señores. A mi capitán. A nuestro capitán. Con mayúsculas. Me rindo ante un tipo que hace ya tiempo dejó de ser un simple futbolista más de la plantilla para convertirse en el alma de un vestuario. De un club. De una afición.
Descanso del derbi. El Sevilla FC pierde justamente tras una primera parte en la que es claramente inferior al Betis. El equipo está exhausto físicamente y agotado mentalmente después del partido contra el Leicester. Nada hace presagiar la remontada. Entonces emerge la figura de Vicente Iborra, suplente hasta ese momento. Primero en el vestuario, donde, junto a Nico Pareja, hace temblar los cimientos del Benito Villamarín y resucita el ánimo de un equipo que era incapaz de hallar el camino; más tarde, marcando el gol de la victoria. ¿Parece fácil dicho así, verdad? Créanme que el gran y verdadero mérito de Vicente Iborra fue levantar, una vez más, y ya son muchas, la cabeza de los suyos. Si volviera a nacer mil veces, sea donde fuere, le elegiría siempre conmigo. Siempre.
El Sevilla FC se planteó seriamente traspasar a Iborra este pasado verano. Estuvo a un paso de marcharse a Inglaterra. Fueron los pesos pesados del equipo quienes rogaron al club que no se fuera. ¿Ahora entienden el porqué, verdad? Parece que ha nacido en el mismo barrio de Nervión. Nunca olviden que Iborra defenderá este escudo y esta camiseta hasta el resto de sus días. Hasta el último. Tanto dentro del terreno de juego como fuera. Iborra siempre suma. Como titular, como suplente o en la grada. Nunca levanta la voz para pedir más protagonismo. A él le basta y le sobra con ser líder en la trastienda. Donde realmente se gestan los grupos y, con trabajo, los éxitos. Nacimos para dominar Sevilla, y así seguirá siendo al menos una temporada más, y todo gracias a un tipo que hace tiempo dejó de ser un futbolista más para ser uno de los nuestros. Al fin del mundo contigo, mi capitán.
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Sevilla es especial. Cuenta por primaveras sus años y por pétalos de azahar sus pasos. Sevilla late más fuerte cuando el invierno se marchita. Renace en abril y despierta miles de emociones concatenadas. Pero la primavera futbolística es diferente, señores. Hay que ganársela. Nunca llega por sí sola. Nadie regala nada. Es el premio a meses de sembrado, a días y noches de esfuerzo en el campo. Y el Sevilla FC está ante su enésima semana de recogida. Superar la eliminatoria contra el Leicester y vencer al Betis regalaría otra primavera teñida de blanco y rojo. Sí, una más. A la vista hay unos cuartos de final en plena Semana Santa y la posibilidad de plantarnos con más de cincuenta puntos a las puertas de marzo. Para que tal sueño se convierta en realidad, hay que salir victoriosos en los dos duelos que viviremos en los próximos siete días. Pero, sin embargo, las miradas parecen distraídas y los egos haciendo mella en nuestro firme caminar.
El problema somos nosotros. Todos. Quién diría que queremos el bien del Sevilla FC algunas veces. Peleados como hermanos que se aman. Parece que la sinrazón ha vencido al corazón. Y cuando más unidos deberíamos estar, cuando por fin estamos a las puertas de hacernos mayores, nos empeñamos en ponerle zancadillas a nuestro destino. Aquí todos tienen parte de razón y parte de incomprensión. Como dos hermanos peleándose por una maldita herencia. La cuestión es que el escudo del Sevilla FC es indivisible. El Sevilla FC es de todos y cada uno de los sevillistas. Entendámoslo de una vez. Quien pretenda estar por encima se equivoca de lugar. Aquí nadie es más que nadie. Ni mejor ni peor. Diferentes. Somos una afición heterogénea, pero unida por un centenario sentimiento. Regresar a casa cabizbajos después de una victoria es más frustrante que perder cualquier final. Algo así nos sucedió a la gran mayoría tras acabar el partido contra el Eibar.
Esta semana se decide gran parte de la temporada. En juego, la llave hacia otra primavera de ensueño. Existen dos opciones: seguir divididos o anteponer el Sevilla FC al interés personal de cada uno. Cedamos, por favor. ¿Tan complicado es? Arreglemos un problema de convivencia que, más pronto que tarde, afectará sobremanera a los protagonistas en el terreno de juego. Sampaoli ya ha avisado en un par de ocasiones y parece que permanecemos ajenos a la incidencia que un conflicto de este calado causa en el rendimiento de los jugadores. Ya hemos vivido situaciones similares en el pasado y la relación causa-efecto fue nefasta para el devenir del Sevilla FC. Insisto, estamos a tiempo. Ayer ya es tarde para ponerse manos a la obra y solucionar este problema que afecta al patrimonio más importante que compartimos. El miércoles nos visita el actual campeón de la Premier. En nuestras manos está llevar al equipo en volandas o, por el contrario, entregarles sin oposición nuestra ansiada primavera. Recapacitemos.
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Amo al Sevilla FC. Y a los Biris. Nací en Madrid. Y soy periodista. Me
enamoré del Sevilla FC a finales de los noventa. Todavía era menor de edad. La noche era gélida. Me encontraba pasando el fin de semana en un pueblo de Jaén, el lugar donde nació gran parte de mi familia paterna, y mi abuelo, la persona que me inculcó mi pasión incondicional por el fútbol, veía atento, como cada sábado, sin prestarle un ápice de atención a lo que sucedía a su alrededor, el partido que retransmitía Canal Sur en abierto. Era un Sevilla-Celta en el Ramón Sánchez-Pizjuán. Nada más poner la vista en la televisión, una avalancha en Gol
Norte despertó todos mis sentidos y volteó mi corazón. Nunca antes había sentido algo por el Sevilla FC. Nunca antes había sentido algo así.
Y desde entonces mi vida cambió. Me emociono cada vez que viajo a ver
al equipo por los diferentes rincones de España. Imaginaos cuando visito Sevilla. Cada vez que pongo un pie en el Ramón Sánchez-Pizjuán. Cada vez
que entono orgulloso junto a mi gente aquello de "Somos ultras del Sevilla...".
Puede resultar extravagante, pero yo, personalmente, no cambio el ambiente que emana de la explanada de El Corte Inglés de Nervión en los días de partido o la cañita en la
cervecería Europa por ningún título; no cambio por nada esa sensación
indescriptible y atronadora cuando tiemblan los cimientos de todo un
estadio al son de los Biris. Y, por supuesto, no cambio por nada el simple hecho de sentirme sevillista a tantos kilómetros de distancia. Me da la vida. Vendería el trocito de plata que me corresponde por seguir viviendo momentos inolvidables con los míos. Y los Biris lo son.
Hablo de los que han pasado horas y horas en la sombra dibujando
ilusiones, poniendo a punto la motocicleta de nuestro abuelo o regalando
toda su solidaridad a quienes más lo necesitan. Hablo de quienes pasan más de sesenta horas en la carretera, de quienes nos levantan del asiento para
alentar a los de 'colorao' cuando nuestros pulmones languidecen, de
quienes convierten Nervión en una fiesta blanca y roja cada domingo. Hablo, única y exclusivamente, de quienes simplemente se dejan la garganta,
como cualquier otro sevillista, para llevar en volandas a la pasión que nos
une a todos los sevillistas; de quienes traspasaron su sangre generación a
generación. De toda esa gente honrada y pacífica -la inmensa mayoría- que compone Biris, y, por ende, Gol Norte.
Pero, por desgracia, unos cuantos indeseables se han empeñado en ensuciar el nombre de un grupo, de una afición entera y de toda una ciudad. Sí, de toda una ciudad. Y lo hacen encubiertos bajo las siglas de un colectivo que cumple ya más de cuarenta años y que otrora siempre dio la cara. Respeto. Respeto para aquellos Biris con mayúsculas, padres de esos hijos que otra vez quieren ver campeón a papá, y que, generación tras generación, sembraron y siembran un sentimiento entre todos nosotros. Aquellos que merecen el respeto de todos. Porque el respeto cuesta cuarenta años ganárselo y un segundo perderlo. El sevillismo siempre ha estado y estará del lado de su gente. Pero con matices innegociables. Nada, absolutamente nada, justifica la violencia. Ni verbal ni física. Nadie en su sano juicio quiere violentos en el Ramón Sánchez Pizjuán. Ni fuera de él. Y seamos serios esta vez. Esto no viene de Madrid. Esta vez no. Basta ya de echar balones fuera. Sí,
todos sabemos de sobra que hechos igual de deleznables han ocurrido a lo
largo y ancho de nuestra geografía y han quedado impunes, pero,
objetivamente, ¿justifican esos hechos lo injustificable? A mí me avergüenza.
Es el momento de reflexionar. En esta historia sobran egos y faltan ingentes dosis de autocrítica. Sobra matar moscas a cañonazos por parte del Sevilla como club y condenar la violencia de forma rotunda y contundente por parte de los Biris. De los Biris de bien. Que los hay. Claro que los hay. La gran mayoría. Que nada ni nadie desvirtúe la realidad. Solo en ese supuesto recuperaremos el Norte. Siéntense ambas partes. Hablen. Dialoguen. Estamos a tiempo. Porque mientras el equipo solo mira al frente, nosotros estamos perdiendo demasiado tiempo en mirar hacia los costados. Creo en el 'sentimiento biri', en esa forma de entender la vida que pocos comprenden y que proclama el amor eterno a unos colores y se rebela ante las injusticias sociales. Creo en todos esos miembros de Biris que ocuparon un trocito de sus vidas en convertir Gol Norte en el cielo de todos y cada uno de los sevillistas. Creo, en definitiva, que Biris necesita regenerarse por dentro antes de que el virus interno haga que sea necesario extirpar de cuajo el pulmón de Nervión. Cuidemos entre todos del Sevilla FC, y evitemos de una vez por todas ponernos unos por encima de otros. Aquí somos todos igual de importantes. Perseguimos el mismo objetivo. El bien de lo que más amamos. Y recuerden por -y para- siempre: "La historia del Sevilla es limpia y diáfana, libre de toda mácula, llena de esfuerzos y sacrificios", Don Ramón Sánchez-Pizjuán.
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Monchi se irá. Este año o cuando a bien quiera el destino. Pero, asumámoslo. Sin dramatismos. Se irá. Cuando sea. A descansar junto a los suyos o a descubrir nuevos mundos. Duele solo de pensarlo, sí, pero hace mucho tiempo que se ganó el derecho a hacer o deshacer por más que nos desgarre el alma imaginarle en los brazos de otra. Quizá ese es nuestro problema; el problema del sevillismo. Exigente y desconfiado por naturaleza hasta el extremo de llegar a dudar del mayor generador de ilusiones de la historia del club. De Monchi se han dicho muchas cosas desde el pasado verano, y su respuesta -más allá de velados mensajes en las redes sociales- ha sido trabajar a destajo y sin reloj por el club de su vida: el Sevilla FC. Fíjense en su actuación en este último periodo de contrataciones: primero Lenglet, luego Jovetic y finalmente Walter Montoya. Los tres con el cartel de último fichaje de la 'era Monchi'. Puede ser que sea así -eso solo lo sabe él y su entorno más cercano-, pero a veces nos olvidamos de que su papel dentro del club va mucho más allá de la mera incorporación de jugadores.
Porque ahora llega el momento clave de la temporada. E intuyo, sin temer a poner una mano en el fuego, que Monchi no se va a marchar del Sevilla FC dejando cabos sueltos. Enterémonos de una vez: Monchi ama al Sevilla FC. Y el día que se vaya será por el desgaste lógico que supone mezclar trabajo y pasión. "El Director Deportivo se ha comido a la persona", ha señalado en multitud de ocasiones. ¿Pero alguien le ha visto desmoronarse? Monchi es humano, aunque nos empeñemos en situarle diariamente en el olimpo de los dioses, y, por lo tanto, está en su derecho de tener otras expectativas. Pero, mientras defienda estos colores, que nadie dude ni un segundo de que va a hacerlo con todas sus fuerzas. Aunque escaseen. Aunque públicamente haya reconocido que está agotado. En mi vida vi a alguien como él dentro del mundo del fútbol. Quizá de ahí su éxito; quizá de ahí su propia desdicha. Monchi es un ser autodestructivo. Tanto en la victoria como en la derrota. Porque, enterémonos, siente al Sevilla FC como si hubiera nacido en el corazón de Nervión. Porque cuando el Sevilla FC gana ya solo piensa en el siguiente partido y cuando pierde cruza el puente de San Bernardo como si se hubiera quedado solo en este mundo. Y todavía hay quien duda de él.
Olvídense de que el trabajo de Monchi ha concluido una vez cerrado el mercado de fichajes. Ahora llega su labor más silenciosa. La más oscura. Pero la más importante probablemente: estar muy cerca de los futbolistas y del cuerpo técnico en el tramo decisivo de la temporada. Hacerles sentir qué es el Sevilla FC. Y nadie mejor que él dentro del club para inculcar esos valores. Monchi ha llorado por este escudo en aquellos desangelados vestuarios de Oviedo. Recuérdenlo siempre: ha llorado. Y ha sufrido mucho más que ha disfrutado en todos estos años como Director Deportivo. Monchi es lo que se ve, pero sobre todo lo que no se ve. Capaz de entender y gestionar las necesidades vitales del futbolista, de entregarle un entorno apropiado para que consiga un rendimiento óptimo. En definitiva, capaz de humanizar el fútbol, un mundo donde las personas, casi siempre, dejan de serlo para convertirse en mercancías. Y en eso quiere convertir alguno a Monchi. En un producto cualquiera con destino a Roma, París o quién sabe dónde. Señores, el día que Monchi falte nos daremos cuenta de su gigantesca incidencia dentro del vestuario del Sevilla FC. Una labor incluso más trascendente que su capacidad para traer a jugadores y convertirlos en hombres.
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Que nadie les engañe. El fútbol es una forma de entender la vida. Que se lo digan a Carlos Salvador Bilardo y César Luis Menotti. Dos tipos enfrentados desde hace décadas y hasta el fin de sus días por concebir el juego de forma diametralmente opuesta. Sus antagónicos idearios fueron capaces de dividir para siempre a un país pasional como Argentina y, posteriormente, al mundo entero. O eres bilardista o eres menottista. Blanco o negro. Sin grises. El primero siempre antepuso el resultado al juego. No engañó a nadie cuando dirigió al Sevilla allá por los 90; el segundo, justamente lo contrario. Dos escuelas que definen dos ideologías. Pero cuando Monchi se fijó en Jorge Sampaoli, esa fractura universal se cosió con retales por el bien del fútbol. O al menos por el bien de un Sevilla FC que ha logrado el récord de puntuación en la primera vuelta de toda su historia.
Dicen algunos que en el término medio está la virtud, y quizá Monchi entendió que era el momento de encontrar a alguien que respirara diferente. Siempre se plegó El león de San Fernando al Sevilla. Siempre por el bien del club que le dio todo y al que tanta gloria ha dado como vacío dejará el día que pronuncie esas palabras que el sevillismo se resiste a oír. Reconocido bilardista, en la presentación del actual técnico del Sevilla FC puso de manifiesto una vez más su inclinación por el resultado antes que por el juego. A él le hace feliz ganar. Solo ganar; Sampaoli, por el contrario, siempre fue menottista. Un enamorado confeso del Huracán del 73, dirigido por El Flaco. Un equipo donde la imagen y el amor a unos colores primaron hasta dejar una huella inalterable en el tiempo. Aquel Huracán fue campeón, pero se le recuerda más por su fútbol que por el propio título. Nada más y nada menos que lo que pretende Sampaoli: dejar poso en Sevilla. Mucho más allá de tocar plata. El fin último con el que sueña despierto el sevillismo.
El tiempo dictará sentencia, pero este Sevilla FC, comandado en la parcela deportiva por Monchi y Sampaoli, ha generado en muy poco tiempo un sentimiento de pertenencia que engloba a pragmáticos e idealistas. Una conjunción harto complicada tratándose de una afición con muchas aristas, a la que históricamente ha sido difícil unificar aún con tres Europa League consecutivas de por medio. Que se lo digan a Unai Emery. Ahora todo es diferente. Quizá el mensaje. Quizá la mesura de las partes. Quizá ese protagonismo velado. Quién sabe. Lo único cierto es que este Sevilla FC tiene alma de potrero, del que juega en el barrio para divertirse y se descalza si es necesario para bajar al fango como en Pamplona. Da igual el escenario o el rival. El único dogma es la portería contraria, con marcador en contra o a favor. Ahora llega el momento más duro. La segunda parte del campeonato. La decisiva. Es difícil intuir si el Sevilla FC aguantará el ritmo hasta el final. De momento, ahí está. Muchos le esperan en la cuneta más pronto que tarde. Puede ser. Pero el daño a los colosos ya está hecho. Hay un equipo en la Liga con la sangre de Bilardo y el gusto por el balón de Menotti. ¿Se les ocurre mejor confluencia?
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En el centro de la mesa, dos copas de cava y los mismos ramos de margaritas revestidos con pétalos de plástico. De repente, alguien irrumpe sin hacer ruido. Ya está aquí. Él. No tenía invitación, pero se ha colado en la fiesta de la oligarquía. Nadie le ve. Es invisible a los ojos de los anfitriones. En este salón solo hay mesa para dos. Había. Puede pasar, ver, pero ni por asomo tocar nada que adorne la mesa de los elegidos. Puede romper un jarrón, un cuadro o el reloj de pared que consume los segundos que transcurren entre cada mirada narcisista que se dirigen cada uno de los dos comensales. Recuerda: nadie le ha invitado a esta fiesta. Nadie contaba con él. Pero se ha presentado sin avisar. Incomoda. Molesta. Mejor será que se marche. Aquí no pinta nada. ¿O quizá sí? Ya ha tirado la puerta. ¿Se va a marchar ahora sin decir la última palabra? Le ha costado la vida llegar hasta aquí.
Los dos huéspedes discuten acaloradamente. Nada les altera. Ni siquiera se han percatado de que él está aquí. Con ellos. Entre ellos. Solo pretenden reafirmarse en sus ideales. Tan distintos pero tan idénticos. Dos polos opuestos con un denominador común: un séquito de medios a sus espaldas que tapan sus vergüenzas y enaltecen sus más míseras rutinas. Pobres ricos. O ricos pobres. Un desgarrador chasquido rompe el silencio cuando la velada llegaba a su fin. ¿Quién eres? Se preguntan atónitos. Él se sitúa entre los dos anfitriones. Sin mirar a los costados. De frente. Soy yo, ¿no os acordáis de mí? Tú, el de blanco inmaculado. Anoche nos cruzamos en Nervión. ¿Te suena? Creíste perderme de vista, pero yo nunca me rindo. Recuérdalo siempre. Y tú, el de la chaqueta azul (por cierto, bonitos pantalones rojos), anoche escuché de tu boca los falsos acordes de la canción que llevo por bandera. ¿De verdad osas utilizar la letra escrita con mi sangre para regodearte del que tienes enfrente sin que nada te importe mi historia? Nunca más vuelvas a manchar mi nombre. Nunca.
Y ahora, intentad echadme si podéis. Vetadme. Vosotros dos y aquellos que os amparan. Debéis saber que aunque haya llegado sin hacer ruido hasta aquí, estoy preparado para hacer más angosto este salón. O al menos morir en el intento. Me siento gigante cuando me comparo con vosotros. No hay más pobre que el que solo tiene títulos. Y sé que no será fácil. Demasiadas trabas en el camino; demasiados factores al azar. Podréis desprestigiarme, castigarme y hasta pisotearme. No me duele. Seguid haciéndolo. Nadie podrá quitarme la ilusión. Nadie. Detrás de mí hay miles de gargantas alentándome. Habéis osado dudar de los míos. Les habéis puesto entre la espada y la pared con injurias sacadas de contexto. Pero obviáis algo importante: yo no escucho y sigo. Y entonces... ¿Qué? Esperad. No hace falta que digáis nada más. Ya sé cuál es mi condena por haberme colado en vuestra fiesta: una vuelta y un día. Un día en Pamplona y una vuelta entera zafándome con todas las piedras que interpondréis en mi viaje. ¿Queréis que huya de aquí, verdad? Lo siento mucho. Me siento fuerte. Me acompañarán los de 'colorao' durante todo el recorrido.
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"No se vive celebrando victorias, sino superando derrotas", reza uno de los tatuajes que luce Jorge Sampaoli en su piel, declarado admirador del Che Guevara, autor de la frase que encabeza este texto. Parece evidente que el Sevilla FC aplicó con creces tal consigna en Anoeta. Un golpe en la mesa con puño cerrado que provocó el deshielo en San Sebastián y devolvió el calor al sevillismo tras vivir una gélida pesadilla en Madrid. Una noche aciaga. Inesperada. En la que el Sevilla FC rehuyó de su condición de aspirante hasta amedrentarse en el primer instante en el que rascó las barbas del poderoso. Fuimos sometidos. Sin evasivas. Sacrilegio en el libro de los mandamientos de Sampaoli. Profanación de un ideario que torció el gesto al técnico argentino como nunca antes desde que defiende el escudo y los colores del Sevilla FC.
Entonces, cuando lo fácil hubiese sido escudarse en la trascendencia del arbitraje en el resultado y cargar contra el mismísimo diablo, Sampaoli bajó la pelota al piso y mandó un diáfano mensaje de autocrítica: "El Real Madrid nos ha superado". Punto. Ni un lloro. Ni un llanto de amargura. Nada. Cero. Ni una palabra sobre la actuación de Mateu Lahoz. Había dos opciones: Lamentarse o levantarse. Esa disyuntiva que diferencia al pobre real, el que solo encuentra consuelo en su desgracia, del rico verdadero, ni mucho menos el que luce la más ostentosa de las billeteras, sino el que, rodeado de gente con alma, auténtica y fiel, va de cara y se enfrenta sin pretextos a todas las adversidades que confiere el camino. El Sevilla FC está ante una semana de las que normalmente se viven allá por primavera. Con la oportunidad de luchar por un milagro solo al alcance de los que nunca se rinden -aunque el destino esté prácticamente escrito- y con la ocasión única el próximo domingo de mostrarle toda la hechura de nuestra sombra a quien nos pisoteó días atrás.
Creo fervientemente en la lucha contra los poderes fácticos del fútbol, esos que gobiernan en la sombra y que amenazan paulatinamente con borrar la nuestra. Pero nunca con el lanzamiento de carteras a un terreno de juego como medida de queja. Sería tirarse piedras en nuestro propio tejado. El Sevilla FC respondió a los que nos quieren en otra parte con fútbol de oro y brillantes en Anoeta. Con notoria autoridad. A golpe de martillo. Hagamos lo mismo. Respondamos como sabemos. Como mejor lo hacemos. Con nuestro aliento. La mejor defensa ante un ataque prolongado es mantenerse fuerte. De pie. Sin fisuras. No perdamos tiempo con quienes nos desprecian y conjurémonos, equipo y afición, para demostrarle a aquellos que nos envidian y nos persiguen que hemos llegado para molestar definitivamente. Nacimos para dominar Sevilla, pero ha llegado el momento de incordiar a los grandes con argumentos futbolísticos. De eso se trata. Segundos en la Liga a falta de dos jornadas para que concluya la primera vuelta. De nosotros depende que se trate de hecho un efímero o estemos aquí para quedarnos. Con la bufanda de los 'coloraos' tapando nuestros cuellos y la cartera en el bolsillo.
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